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’La Sinfónica de Los Andes’, la banda sonora de Colombia

Autor: John Harold Giraldo Herrera //
John.giraldo.herrera@gmail.com 

 

La película presenta un título poético, que se diluye luego de verla. Lo que más prima es el vil asesinato de líderes y la manera cómo la población mantiene confinada y  perseguida por los causantes de la infamia en la nación. Y uno se pregunta: ¿dónde está la sinfonía? 

Ficha Técnica:

Título original: La Sinfónica de Los Andes

Año: 2019 // 115 min.  Colombia.

Dirección: Marta Rodríguez

Guion: Marta Rodríguez, Lucas Silva

Elenco: Comunidad indígena Nasa del departamento del Cauca

Fotografía: Fernando Restrepo Castañeda, Emmanuel Rojas, Felipe Colmenares Sánchez, David Villegas

Música: Orquesta de instrumentos andinos de Huellas, Caloto – Banda de flautas, chica y guarapo – Fanor Secue. 

Montaje: Fernando Restrepo Castañeda

Sonido: Alejandro Quintero

Producción: Diana Reyes Barrena/Ricardo Figueredo Oliva

Producción Ejecutiva: Fundación Cine Documental, Visual Arts Factory, Hollywoodoo Films, Lucas Silva, Felipe Colmenares 

Género: Documental sobre la violencia

Sinopsis

El Norte del Cauca es la región de Colombia más afectada por el conflicto armado interno desde el año 1940, y donde se resguarda la mayoría de culturas indígenas del país. Allí surge una orquesta de música ancestral compuesta por jóvenes indígenas de la etnia Nasa quienes, con sus instrumentos, su voz y su poesía hacen memoria a Maryi Vanessa Coicue, Sebastian Ul e Ingrid Guejia, tres de los cientos de niños indígenas que han muerto a causa de la guerra entre guerrillas de izquierda, grupos armados de extrema derecha, narcotraficantes y el Estado Colombiano.

El canto y la música son la banda sonora de la existencia. En Colombia el traqueteo de metralletas y el silenciamiento de vidas, se han convertido en el pan de cada día. No ha cesado ni la horrible noche -trasladada a cualquier hora-, como tampoco los ríos de sangre. 

Marta Rodríguez es la cineasta de las tragedias, y también de las resistencias y las esperanzas. Su ojo se ha posado en la Colombia escondida, aquella silente en los grandes medios, que sólo, a veces dejan ver irrisorios fragmentos de ese país que la mayoría desconocemos. Marta ha convivido con los protagonistas de esas historias, y su trabajo, en conjunto, desde que empezó con Chircales (1972) – contándonos el modo de explotación de unos albañiles –  hasta su más reciente documental,  La Sinfonía de Los Andes (2019), nos ha desplegado a una fuerte conexión de memorias y de presencias frente a tanto despojo.

Tomada de El País de España | La directora colombiana Marta Rodríguez, pionera del Nuevo Cine Latinoamericano, durante el rodaje de Chircales (1966-1971).

La Sinfónica de Los Andes presenta un título poético, que se diluye luego de verla. Lo que más prima, allá con los Nasa; en el Cauca, y con sus distintas comunidades, es el vil asesinato de líderes y la manera cómo la población mantiene confinada, asediada, perseguida, marcada y cercada por los causantes de la infamia en la nación: quienes nos han gobernado y se han adueñado de las tierras de la población. 

Marta no escatima con su lenguaje; es directo, de imágenes explícitas hasta el punto que uno se pregunta: ¿dónde está la sinfonía? No hay lugar para la ensoñación; es descarnado, como lo es la realidad, al ponernos frente a la butaca y desesperarnos. Uno a uno caen, la muerte ronda, la tortura y el miedo asedian, son habitantes permanentes en un país donde unos y otros se han disputado el poder y  ha valido más la propiedad privada y los intereses económicos que la propia vida, o cualquier manifestación de ella. 

Emplear la desaparición o el aniquilamiento del otro ha sido la forma de conquistar los privilegios de los terratenientes.

Cartel oficial de la película

Los asesinos nunca han tenido ni piedad ni consideración. En 2011 Alfredo Molano quiso mostrarnos cuántos kilómetros de muertos ha puesto el país, postuló la cifra de ciento setenta y tres (1). El número pudo haberse triplicado, porque apenas aludía a cuatro años de asesinatos y masacres; una bomba de tiempo contra la fuerza de la sociedad, que de seguro no se dejará arrinconar y seguirá buscando, así sea por resquicios, una forma de vida digna. 

Ver el documental produce asco, histeria y una larga serie de emociones ante las cuales nos hemos postrado; como si el dolor no hubiera hecho ya metástasis y fuese necesario seguir aguantando. Lo que me parece curioso, y en un alto grado de valor, es la capacidad de las comunidades por sobreponerse. El miedo no está sembrado, permanece en la superficie; lo respiran, pero no es el veneno. Con sus ganas de vivir muchos se salvan, y por su intención de mantenerse unidos es que ha sido imposible acabarlos.

Marta habla con las víctimas, como si ella fuese una más. La valentía de estar entre fuego cruzado, arriesgarse a narrar historias de familias indígenas y permanecer en medio de la angustia es un triunfo y un modo de vida que no se limita al ejercicio audiovisual. Es la dedicación de toda una vida a contar la barbarie. 

El objetivo no es otro que avivarnos, porque de ahí viene un título que nos confunde; el sonido no es de esperanza ni proviene de un grupo de niños con su maestro que combaten la infamia con arte. ¡No! La Sinfónica de Los Andes es el ardor, la crueldad, el tejido maltratado y calcinado; el de los rugidos del silenciamiento, de un odio que nos lacera. Y como Marta ha construido relaciones duraderas con quienes se ponen en escenificación; sus trabajos perduran, poseen la intimidad que otros ni siquiera pueden cultivar. 

Tomada de: The Bogotá Post | ‘La Sinfónica de Los Andes’, una película que retrata los horrores de una guerra con 60 años de historia y tragedias.

La Sinfónica de Los Andes es la banda sonora de Colombia. Acá no hay lugar para esconder la indignación y lo apabullante de los perpetradores de la violencia, de los incubadores de la miseria, de los desterradores, de aquellos oligarcas que han curtido con colores rojos y nostalgia las banderas insignes de la vida. 

En cambio, quienes florecen así los corten, quienes mantienen incólumes así los tumben, quienes dan saltos para abrigarse del frío y la desesperación, quienes con su luz son la motivación y la fuerza, quienes tejen día a día el país con su colorido y fortaleza, esos a quienes han masacrado y se sobreponen; los niños, las familias manchadas con la violencia, los jóvenes con sus miradas altivas, las poblaciones en resistencia por la vida y la memoria, y las creadoras como Marta; esos, merecen todos los elogios y acompañamientos. Son el canto que se opone a la muerte.

Referencias:

1: Leer el texto de Alfredo Molano: 

https://www.elespectador.com/opinion/ciento-setenta-y-tres-kilometros-de-cadaveres-columna-250528/

* Docente Universidad Tecnológica de Pereira

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