PEREIRA, ESA CIUDAD QUE NOS DEVORA POCO A POCO

  • Cuándo: Fecha: 11 de agosto de 2020

Autor: Wilmar Ospina Mondragón 
// TW: @wilmar12101

Damos inicio en PlanC a nuestro espacio de ‘Literatura y ciudad’, trazos de la imaginación para entender un poco más el lugar por donde nos movemos día tras día.  En esta primera entrega nos acercamos al concepto de urbe caníbal y su relación con las personas que la habitan.

Todo ser humano es un caníbal a su modo. Sin embargo, hoy, ese caníbal que se devora a otros a mordiscos es mucho más feroz que cualquier hombre. 

Crece descomunalmente, muta de piel, escupe en nuestros rostros, satura de hollín nuestro espíritu y, además, afila sus dientes de acero y sus garras de piedra mientras nos engulle. 

Ese nuevo monstruo antropofágico es la ciudad.

Parece extraño el concepto de la ciudad caníbal porque pensamos, erróneamente, que una urbe es apenas un espacio plagado de calles, zaguanes, avenidas, escondrijos, viviendas y edificio. Pero no es así.

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La metrópoli se hace caníbal, metafóricamente hablando, porque no solo es el escenario donde la lumbre del hogar fulge con el matiz de unos valores instaurados, allí se disponen también otras conductas, acciones y modos de encuentro en los que la deshumanización del hombre es mucho más importante que su propia formación.

Una deshumanización remarcada por los placeres citadinos, por la noche, por las luces de neón, por la música, por las sustancias, por todo aquello a través de lo cual la ciudad nos habita y nos corrompe. 

En sí, ese canibalismo citadino del que hablo, más allá de ser un mordisco y un desangramiento; es una posesión, un soplo divino, un grito que nos exige vivir la vida. 

Cuando la ciudad nos posee comprendemos que el hombre, al igual que el mundo, tiene más cosas que esconder y, en realidad, pocas que mostrar.

Cuando la ciudad nos posee comprendemos que el hombre, al igual que el mundo, tiene más cosas que esconder y, en realidad, pocas que mostrar. La ciudad caníbales es, en el fondo, como un espejismo, una fachada o un sueño

La ciudad caníbal es, en el fondo, como un espejismo, una fachada o un señuelo. Por un lado, nos muestra el desierto, la arena, las dunas, la crudeza del sol; por el otro, nos pone en camino hacia el oasis, hacia el placer, hacia esas conductas censurables que ansiamos, que nos consumen. Placebos que, con el transcurrir de los días, se convierten en conductas altamente adictivas, porque la urbe no te devora de un solo zarpazo; todo lo contrario: te consume poco a poco, porque la ciudad es, en realidad, esa sustancia de la que no podemos escapar.

La urbe caníbal no nos devora la carne, sino las entrañas, los imaginarios, esas necesidades ocultas bajo la piel. 

No es una náusea lo que vislumbro en el canibalismo citadino; lo que hallo es un mundo movedizo, resquebrajado, ahondado en la desesperanza, en la lejanía; en ese cambio de paradigma al que siempre le apuesta el hombre desde la cuerda floja. 

En sí, la metrópoli es un caníbal que nos consume porque la piedra y el metal nos han hecho comprender que la tragedia no reside en la muerte, sino en la imposibilidad de llevar la vida hasta las últimas consecuencias. Lo que demuestra que la ciudad no es un ente momificado, sino un monstruo que nos roe los huesos en la vigilia.

Con este texto de presentación, quiero invitarlos a leer una serie de 5 artículos sobre Pereira y algunos de sus espacios más emblemáticos: el parque La Libertad, La Circunvalar, la carrera sexta, la Plaza de Bolívar y La Florida.  El propósito fundamental consiste en resaltar el valor de los lugares y los no-lugares, y cómo estas zonas por las que deambulamos permanentemente han transformado nuestros imaginarios como habitantes.

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