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Una escalera al inframundo

Autor: Marcos Fabián Herrera Muñoz

Décadas atrás, muchas de las obras del llamado indigenismo literario derivaron en bodrios folcloristas con escasos logros artísticos, determinadas más por la exaltación que por su rango estético. Con el paso del tiempo han surgido novelistas en Latinoamérica obsesionados con otras miradas hacia los pueblos originarios. La de Rey Rosa es una estética de la degradación que se despliega en dosis exactas de precisión dantesca. 

El mundo indígena, en su diversidad étnica y complejidad cultural, se afianza como el bastión de resistencia a la claudicación de la democracia.  

 

Carta de un ateo guatemalteco al Santo Padre
Rodrigo Rey Rosa
Guatemala
Novela
2020
Editorial Alfaguara

Décadas atrás, muchas de las exploraciones literarias del mundo indígena, tan celebradas por su exotismo y arriesgada experimentación estética, derivaron en bodrios folcloristas con plausibles reivindicaciones políticas pero escasos logros artísticos. El afianzamiento de arquetipos convertidos en marcas registradas para celebrar los provincialismos, y el fervor nacionalista que convertía al escritor en portavoz de un territorio y a su obra en un emblema, malogró, por obra del desgate de las fórmulas, las tentativas novelísticas que se aventuraron a indagar los enigmas del universo ancestral de América Latina. 

Los nombres de Manuel Escorza, José María Arguedas y Miguel Ángel Asturias son, por fuerza de la tradición, los referentes para remitirnos a dicha vertiente. Con obras dispares en su factura, el indigenismo literario advirtió una realidad que emplazaba a los escritores a interpretarla.

Alrededor de este incitante desafío para la literatura latinoamericana, siempre se esgrimieron contrapuestos postulados que testificaban la enardecida disyuntiva para los escritores. Hubo quienes creyeron que toda posibilidad creativa derivada de la revisión de la esfera aborigen debía estar predeterminada a la exaltación. Sin observar el rango literario, esta corriente destiñó muchos libros que legaron solo un testimonio sociológico. 

‘Hombres de maíz’ del escritor, periodista y diplomático guatemalteco Miguel Ángel Asturias fue incluida en las 100 mejores novelas en español del siglo XX, es considerada su obra maestra.

También existieron entusiastas de la naturaleza montaraz y de la cosmovisión de los nativos, que cerraron toda tentativa de desciframiento de la faceta autóctona, por creerla sagrada y solo digna de valoración desde su cariz contemplativo.  Pasados los años, y lejos de las doctrinas y los movimientos, hoy se confirma que el auscultamiento de los pueblos primigenios de América Latina es para la literatura un rico filón, que antes que agotarse, se explaya en los pliegues inexplorados de nuestros países de historias turbulentas e inacabadas.

En Guatemala, la expoliación ha pervivido como una manifestación de todos los tipos de poder.  Bien sean los colonos, los militares, las satrapías, las multinacionales o la iglesia, en este país, en el que la violencia ha sido no solamente la partera de la historia, sino también, su niñera e institutriz, las luchas por su autodeterminación han configurado un largo litigo con opresores de distintos rostros. 

Dicha violencia, examinada desde los márgenes de la historia, y puesta a contra luz a partir de los códigos que se erigen en pautas de comportamiento para los amparados bajo la égida del hampa, ha sido la obsesión de Rodrigo Rey Rosa. Su escritura, siempre febril y crepitante, le ha permitido diseccionar la vida de un país en el que la ley es una lejana entelequia, y el poder, una conjura de variados orígenes apropiada de los métodos del desafuero.  La suya, es una estética de la degradación que se despliega en dosis exactas de precisión dantesca.

Portada de la novela. Una de las novedades de la literatura latinoamericana en este 2020.

La Carta del Ateo Guatemalteco al Santo Padre, escrita por un hombre de inquietantes resonancias biográficas y similitudes nominativas con el novelista, llamado Román Rodolfo Rovirosa, expone a su Santidad el Papa Francisco, el dilatado y tortuoso proceso de defensa de unos territorios liderados por unos cofrades de la provincia de Sololá y Chimaltenango.  Esta epístola, como recurso de la lúdica novelística, sirve de umbral a la ficción. Lo que encontrará el lector de esta novela es un relato, en el tono de vértigo y desasosiego al que nos tiene habituados en sus libros, en el que dos dimensiones se fusionan con audacia.  Un ejercicio disolvente que un comparador de religiones guiado por su avidez intelectual y su filantropía genuina, nos devela en sus impenitentes viajes a la localidad de Canjá.

Este personaje, asediado por ruidos espectrales en sus noches de insomnio y de delirios concupiscentes, perturbado por sus búsquedas antropológicas, de la mano de don Melchor —¿Chamán, baquiano, brujo o sabio? ¿O todas esas investiduras fusionadas en el mismo hombre? —, ingresa a un mundo de arcanos y de pasmosa mixtura de creencias. Como solo puede ocurrir en esta fracción del mundo, una convergencia de saberes y prácticas, de ritos y dogmas, fraternizan las cosmovisiones católicas e indígenas. Manifestación proverbial de aquello que en el lenguaje académico se define como sincretismo.

Motivado por una vocación justiciera, cuando no mesiánica, la identificación de los autores de la apropiación ilícita de las tierras en las que los nativos habían amoldado a sus concepciones terrígenas el credo de la religión fundada por el apóstol Pedro, se convierte en el fundamento de su labor. Comparar religiones, indagar los universos intangibles que encierran las voluntades de quienes adhieren a una preceptiva e invocan una deidad para salvar sus destinos.  Porque los Kaqchikel ortodoxos, en su singularidad mística, reafirman el designio que los pueblos ancestrales de América Latina han seguido desde que se ostenta el apelativo de mundo nuevo:  rehacer sus nociones de sacralidad a partir de la incorporación de lo que primero fue impuesto y luego asimilado. 

En un país en el que los sucesivos gobiernos han confirmado la imposibilidad de convertir el ejercicio de la política en un diálogo civil, el mundo indígena, en su diversidad étnica y complejidad cultural, se afianza como el bastión de resistencia a la claudicación de la democracia. 

Esa misma inexistencia de un proyecto de nación transige con una iglesia despótica e invasora. En Guatemala, ante la descomposición de todo atisbo de civismo, los pueblos originarios han obrado como fortaleza de lo que el mundo occidental denomina ética. En ellos se atesora un cúmulo de saberes incomprendidos para los raseros del conocimiento cartesiano.  Esto lo confirman varios pasajes de esta novela.

Rodrigo Rey Rosa nació el 4 de noviembre de 1958 en la Ciudad de Guatemala y es uno de los escritores latinoamericanos más destacado en la actualidad.

El haberse decidido a una exploración a los estanques mayas de Canjá, acompañado de su hijo Arqui, marca un punto de quiebre en la novela. Una inexplicable curación ocurrida después de la caída a un barranco de Julio, el hijo de don Melchor, le hace creer que ha presenciado un rito sacrificial. Es la parte del relato, en la que, con sutileza, se confrontan dos concepciones, dos lógicas y dos formas de asumir la vida. 

Es la racionalidad de un mestizo agobiado por el peso de lo inexplicable. Es la magia —¿habrá palabra más exacta? — de un universo que se sustrae a los procederes de la ciencia. Es un pensamiento mítico que obra por ensalmo, sin la liturgia del discurso y sobrevenido por una sucesión atávica.  Es la develación, con los recursos propios de la novela moderna, de un terreno insondable, que solo un talento como el de Rey Rosa logra convertir, como si apelara a los artilugios de un chamán, en literatura cimera.

El billete de quinientos euros, encontrado entre las páginas setenta y seis y setenta y siete del libro The Uses of Images, abre en el comparador de religiones unas opciones. Una vez decidido en el juego del albur, llega a un casino. Seguro que el dinero ganado en la ruleta debe ser destinado a la causa noble de los cofrades: emprende su último y fatídico viaje. 

Rey Rosa, arquitecto de tramas simétricas, construye una alegoría del descenso y la decrepitud.  Siempre se huye, pareciera ser la premisa creadora del autor, para encontrar lo insospechado. Un afán vital que en esta novela se entrevera con el desenfreno y la pulsión, rasgos que se entrelazan con la vorágine de un país en el que la muerte no es castigo ni condena. Solo un designio que arrastra a los hombres, con fuerza infernal, tal vez al vacío, o a ese remanso de silencio y paz en el que se sumerge el comparador de religiones en su último duelo.

Tomado de la revista de la Universidad de Antioquia. 

  • Nació en El Pital (Huila). Periodista cultural y crítico literario en diversos periódicos y revistas de habla hispana. Colaborador habitual en las páginas culturales del diario El Espectador de Colombia.  Autor de los libros El coloquio insolente: conversaciones con escritores y artistas colombianos (2008); Silabario de magia – poesía (2011); Palabra de Autor – conversaciones con escritores (2017); Oficios del destierro (2019) y Un bemol en la guerra – cuentos (2019). 

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