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Golpes de voz

Por Ciudad Cultural

En el principio fue la poesía. El poeta Geovanny Gómez era apenas un estudiante universitario que pasaba los días echando cálculos para circuitos y resistencias —cursaba Ingeniería Eléctrica—, y robaba tiempo libre para la literatura.

#1

En un viaje a Bogotá encontró que en el Planetario Distrital se celebraban lecturas de poesía abiertas al público. Y se le ocurrió que a su regreso le propondría una actividad similar a los encargados del planetario de la Universidad Tecnológica de Pereira, UTP. “Con el monitor del planetario convencimos a los directivos de que nos prestaran el espacio, que no habría drogas, que éramos juiciosos, que era una actividad para poetas”.

Se lo permitieron. Y cada tantos días empezaron a encontrarse allí los jóvenes y casi adolescentes de la ciudad que ya andaban atados a la palabra lírica: Diana Marcela Velásquez, Andrés Gómez, Alejandro Palacios, Micholl Ruiz, Yorlady Ruiz, Leonardo Fabio Marín, Diego Leandro Marín y el mismo Geovanny, entre varios más. Cumplidos seis meses, la UTP les regaló una impresión en papel de las lecturas. Pero Geovanny se anticipó: “Creo que pensaban que íbamos a imprimir hojas sueltas para repartir en las esquinas. Y no. Les dije: ‘Hagamos una revista para dejar memoria de lo que ha ocurrido con estas lecturas de poesía’”. Así nació la revista Luna de Locos.

#2

El empuje lo dio la revista

Desde el primer número, Luna de Locos se dio a la tarea de difundir autores de poesía contemporánea. Por supuesto siempre ha tenido espacio para clásicos, pero Geovanny trasladó a la línea editorial de la revista su ímpetu de poeta coyuntural. Por sus páginas empezaron a circular nombres de colombianos activos como William Ospina, Juan Manuel Roca, Federico Díaz Granados, Robinson Quintero, Geovanny Quessep, entre otros.

Y a principios de 2007, alucinado con la idea de organizar un festival de poesía en Pereira, Geovanny comenzó un carteo con estos autores y con algunos internacionales para que aceptaran venir a la ciudad y leer sus poemas en actos públicos. “A cada festival de poesía que yo iba, entregaba la revista y conversaba con los poetas. Entonces, cuando ya los invité a un festival que apenas nacía aceptaron. Confiaban en lo que aquí podíamos hacer porque ya habían visto y publicado en Luna de Locos”.

Geovanny Gómez venía acumulando experiencia como autor invitado y como asistente a varios festivales literarios de otras ciudades. Hoy recuerda el de poesía de Medellín, el de poesía de Bogotá, Chile Poesía, Mundo Latino México y varias ferias de libro de Bogotá. Y de cada uno de estos encuentros trataba de recoger ideas que pudiera vitalizar en una ciudad como Pereira. “Me preguntaba: ‘Qué podía hacer yo, con mis limitaciones y las de la ciudad, para organizar un festival de poesía’. Y veía que una de mis ventajas era que yo sostenía una más cercana comunicación con los autores, que la que sostenían los organizadores de los otros festivales”.

 

#3

Los versos no fueron balas

En agosto de 2007, días de cumpleaños para Pereira, unos veinte poetas entre argentinos, bolivianos, costarricenses, venezolanos y colombianos, cantaron sus versos durante tres días, recorrieron las calles de la ciudad, se acercaron a la gente y respiraron su aire siempre afectuoso.

Fue el primer Festival de poesía Luna de Locos. Y fue también una rara avis de sosiego en una ciudad que atravesaba uno de los periodos más graves y trágicos de violencia urbana de las últimas décadas. Si en un lugar en el que asesinaban casi dos personas diarias podían encontrarse los poetas con la ciudadanía para abrazar la belleza del arte, la cosa no estaba del todo perdida.

Aún mejor: el festival sembró la semilla de la poesía en cerca de 35 mil niños de los colegios públicos del área metropolitana que escucharon y leyeron poesía, y ensayaron sus primeros versos con lapiceros y colores en hojas de cuaderno. ¿Cuántos de aquellos pequeños quedaron con la marca de la palabra lírica y no del fuego cruzado?

#4

La literatura latió en la calle

El Festival obligó a la poesía a dar una vuelta por el espacio público. Si el poeta en su versión más romántica ha sido considerado un sujeto de encierro y ensimismamiento, su poesía no tendría por qué extender la misma sombra.

Los poetas reunidos en la gala de clausura del parque El Lago. En su última noche en la ciudad, todos leen ante un público que disfruta de una leve brisa y la palabra al aire libre.

Primero fue un descampado atemorizante que alguna vez recibió el grandilocuente título de “Parque de la vida”. Situado en la salida de la vía a Marsella, tuvo como intención inicial proponer vientos de justicia sobre un terreno que había sido fosa común para doce niños violados y asesinados por Garavito, el más pulposo asesino en serie de la historia reciente del mundo. Dos meses antes del festival, el equipo organizador inició conversaciones con la comunidad vecina para celebrar la jornada inaugural allí. La máxima de rigor fue aclarar que la intención no era recordar al asesino sino a los niños vejados. Para lograrlo, la comunidad debería asumir esa jornada como suya. Días después se vincularon tres colegios del sector y se organizó una marcha que culminó en el descampado ya dispuesto: estaba podado y con un sendero de acceso. Cientos de niños, jóvenes universitarios, autoridades y medios de comunicación, dieron inicio al festival. En una tarima encarpada los poetas leyeron fragmentos de su obra.

Algo parecido ocurrió en la jornada de cierre. Fue realizada en el Parque Lineal, que es una modesta zona verde con una cancha múltiple en placas de cemento ubicada debajo del Viaducto. Para antes y después de la lectura de poesía, hubo sol de revista y música de conservatorio interpretada por la Banda de músicos de Pereira.

El festival llevó la poesía a ese lugar como si fuera un poco de luz a una zona de oscuridad. Con todo y lo útil, el Viaducto Pereira-Dosquebradas ha sido el trampolín al vacío más frecuentado por los suicidas del área metropolitana. Ese día, nadie cayó sobre el parque desde aquella azotea. Si cayeron miles de poemas en hojas sueltas escritos por esos 35 mil niños de colegios públicos. Por unos minutos, el efecto fue estimulante: un vuelo de papeles en sesenta metros de altura con versos y estrofas de aventura infantil que terminó tranquilo sobre el pavimento y el pastizal.

El festival llevó la poesía al Parque Lineal, ubicado debajo del viaducto Pereira-Dosquebradas, como si fuera un poco de luz a una zona de oscuridad. Ese día, nadie cayó sobre el parque, si cayeron miles de poemas en hojas sueltas escritos por niños de colegios públicos de la ciudad. 

#5

Nada fue al azar.

Una de las ideas que Geovanny Gómez había guardado consigo tras alguno de los festivales en otras ciudades era la de que la poesía debía servir para mediar intervenciones simbólicas en espacios urbanos. “Se trataba de que esos parques no fueran usados como tras escena de la lectura de poesía, sino que fueran la atmósfera de la lectura de poesía”. Es decir: el festival y la poesía debían trastocar la cotidianeidad del escenario. “Que esos espacios no fueran únicamente el asiento de una tarima y una carpa, sino que fueran un lugar embellecido por la poesía”.

Desde entonces, cada agosto celebra su propio Festival de poesía Luna de Locos. Y los sitios intervenidos son adaptados con luces y jardinería, y con la visita de los asistentes. En el Parque Olaya Herrera el festival ha encendido de colores algunos árboles; igual que en el parque El Lago. Y la intensidad del color va acoplándose a la intensidad de la lectura del poema. “Así es como logramos la atmósfera. Y ha pasado que llueve en medio de la actividad, pero el poeta no detiene ni apura la lectura; y los asistentes no buscan escamparse. Nadie se va hasta que no termina la actividad”.

#6

La fuerza del arte y la belleza de la palabra escrita siguen allí. El festival de poesía y la revista, además de una intensa programación cultural y literaria durante todo el año con gran impacto en la ciudad, son realizadas a través de La Corporación Cultural Luna de Locos en cabeza de Geovanny Gómez. Dichas actividades han sido de suma importancia para aumentar y posicionar la agenda cultural y la oferta turística de Pereira.  El Instituto de Cultura y Fomento al Turismo ha reconocido dicha labor otorgando al festival como proyecto ganador de Concertación durante los años 2013, 2014 y 2015. Durante la celebración de los 150 años de la ciudad, en el 2013, el festival fue uno de los eventos más representativos en dicha conmemoración con lecturas, talleres, conferencias y recorridos por diversos rincones de la región.

 

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