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Los Colores de San Isidro

Por Sara Gaviria Piedrahita | Fotografías Rodrigo Grajales

Ciudad Cultural inicia en esta edición su recorrido por dos proyectos culturales de gran impacto, en lugares retirados con relación al centro de Pereira. Otras formas de hacer y vivir la cultura, desde el barrio, la esquina y el puerta a puerta. San Isidro en Puerto Caldas y Frailes en Dosquebradas, son un amplio ejemplo que dichas actividades, además de color, dan esperanza y trasforman a aquellos que tienen la oportunidad de ser actores y espectadores desde su propia ventana o calle.

Arte en las periferias

“Tú sabes que estás cerca porque empiezas a ver casas pintadas. Cuando veas que hay muchos colores es que llegaste” fueron las indicaciones para llegar a la vereda de San Isidro en el corregimiento de Puerto Caldas, Pereira. La indicación es correcta, las casas están pintadas con mascotas, trenes, flores, aves, rostros. Representan lo que tienen alrededor: el sol fuerte por su cercanía al Valle del Cauca, una vegetación que abarca la mirada y flores en un camino estrecho y alargado que durante la década de los 50 fue vía para el tren. Al igual que en otras zonas del país, las franjas de los proyectos abandonados de ferrocarril, al ser territorios del Estado, comenzaron a ser habitados por desplazados de diferentes olas de violencia. Pero una vez llegan a San Isidro se encuentran con necesidades básicas por suplir: un acueducto insuficiente, falta de alcantarillado, problemas de acceso y, hasta hace unos años, bandas criminales merodeaban por la zona.

La comunidad se ha ido organizado entre ayudas externas, voluntarios y gestión propia, para exigir mejores condiciones de vida y transformar su entorno en un lugar que se parezca más al que sueñan. Una de las primeras acciones que se recuerdan del proceso fue una caminata por relevos hasta el centro de Pereira, a casi 30 kilómetros de distancia, para exigir un acueducto que les permitiera tener agua más de tres horas al día. “Fue un proceso de toda la comunidad, se mostró la primera fuerza, fuimos unas 150 personas. Creyeron que sí se podía. La necesidad que teníamos era muy complicada. Llevábamos más de dos años sufriendo por el agua”, recuerda Ilda Luz Silva Marín, presidente de la Junta de Acción Comunal desde ese mismo año. Recuerda exactamente la fecha: 26 de abril de 2011.

Madrugan a conectarse con lo que son: campesinos, conocedores de las plantas, sembradores de semillas”.

Sembrando y Bailando

Esta búsqueda por mejorar la calidad de vida incluye también el abrir espacios al arte y a la educación. Procesos que se han organizado desde el “Centro comunitario de artes y oficios: el comienzo del Arcoíris”. El lugar donde hoy funciona el centro se empezó a construir en el 2009 entre gestiones de quien era el director de la escuela, Jorge Iván Marín, apoyo privado y convite de la comunidad. La instalación se empezó a usar con fines comunitarios hasta que en el 2013 se estructuró un proyecto que incluyó restaurante para la comunidad y escuela de artes. Actualmente el proyecto cuenta con formación en danza, fotografía, teatro, valores, batucada, refuerzo educativo y música con clases de piano, batería, guitarra y coro. Se proponen como educación complementaria que se piensa como una herramienta de transformación social. A las clases asisten niños, jóvenes y algunos adultos.

Los productos y obras resultantes de la escuela de artes se presentan a todos, hacen parte de las fiestas y días especiales, e incluso han participado en concursos y desfiles de municipios aledaños. También se han tomado espacios de la ciudad como SALAEstrecha y el Teatro Santiago Londoño.

Iniciaron representado bailes y obras de teatro adaptadas, pero mientras iban avanzando, empezaron a incluir en esas obras elementos de su entorno y cotidianidad. “Han ido evolucionando, al principio bailaban danzas de diferentes regiones pero ahora, por ejemplo, están montando una en contra del maltrato a la mujer por un evento violento que hubo hace poco” dice Sofía Ibarz, una de las educadoras de la escuela. Continúa contado cómo han pasado a representar sus rutinas, historias propias, a dignificar la vida de alguien que ya no está y “hasta se burlan de los políticos que llegan a pasearse por su barrio”. Se narran a sí mismos.

Los estudiantes de música montan una canción en los salones del centro comunitario, a unos pocos metros los escuchan las gallinas ponedoras y los retoños de la huerta. La siembra está a cargo de los adultos mayores que se ocupan de lo que mejor saben trabajar: la tierra. Madrugan a conectarse con lo que son: campesinos, conocedores de las plantas, sembradores de semillas. “Ellos volvieron a sentirse útiles, pueden trabajar, volvieron a recordar todo su conocimiento como campesinos que somos. La huerta para ellos es como su tierra, el espacio que nunca han tenido” dice Ilda Luz Silva Marín, se acomoda el sombrero y continúa: “eso es lo irónico del campesino de aquí, han gastado toda su vida en finca, anhelando tener sus tierras y no las pudieron tener. Con ese espacio es como si pudieran recuperar esa tierra”. La huerta produce maíz, frijol, yuca, pepino, cilantro, cebolla, rábanos, zapallo, tomate, de todo un poquito. Pero también gallinas y un lago con peces. Estos productos surten el restaurante comunitario y las cocinas de quienes los cultivan.

San Isidro está lleno de color. Las casas también se unen a la experiencia visual.

Píntelas que yo se las coloreo

San Isidro está lleno de color. Las casas también se unen a esta experiencia visual con “píntelas que yo se las coloreo” una iniciativa impulsada por el espíritu de vecindad. Al iniciar el día y abrir la puerta de la propia casa, lo primero qué se ve es la casa del vecino del frente. Cada vecino ve lo mismo. “Yo le pregunto a usted qué quisiera ver cuando se levante por las mañanas. Algo que le alegre la vida, que le recuerde algo bonito, que le ilusione. De ahí salen las pintadas de esas fachadas. Esas fachadas tienen gustos, cuentan historias, ilusiones. Hay muchas pintura de animales que tienen que ver con la naturaleza y las aves por el mismo entorno”, asegura Luz Silva.

Para pintar las fachadas se inició trabajando con estudiantes del programa de Artes Visuales de la UTP, pero también se convocó a artistas de todo el país. Entre los casi 200 artistas que aplicaron se seleccionaron 18, teniendo especial atención en el sentido pedagógico que tenían. “Tuvimos mucho que aprender de los que vinieron, nos enseñaron bastante sobre todo el interés de compartir y la visión que se tiene del arte por fuera de su sistema de poder: las galerías, los salones, los curadores. El arte se instala en el lugar, se vive con la gente. Si las comunidades no se empoderan en cualquier proceso, sea estético, productivo o pedagógico, estos tienden a desaparecer porque los que los lideran no están”, dice Rodrigo Grajales, quien ha ido vinculando a sus estudiantes de artes visuales en el proceso. Se han pintado hasta el momento 43 casas y 100 metros lineales del mural de colegio de Puerto Caldas. Se pinta para recuperar el color, para llenar de vida la rutina en San Isidro, para tener más presente lo que se quiere.

Han pasado a representar sus rutinas e historias, a dignificar la vida de alguien que ya no está. Se narran a sí mismos.

Ilda Luz Silva Marín fue reelegida en mayo como presidente de la Junta deAcción Comunal. Ha habitado sus 44 años de vida en Puerto Caldas. Carcajea recordando algunas anécdotas que ha presenciado en este tiempo.
Foto: Saragapi

Ante la pregunta ¿qué ha sido lo más difícil en sus años de trabajo comunitario? Ilda Luz Silva Responde: “que la gente crea. Es complicado porque son muchos años donde hay cantidad de promesas incumplidas e ilusiones. Donde aún hay una cantidad de necesidades que no están satisfechas.” El trabajo en San Isidro es una unión de voluntades que entre colores, música, lecturas, siembra y arte forman un proyecto que demuestra que es un proceso político más que de resistencia, de construcción.

En abril San Isidro se trasladó al centro de Pereira

En la versión de abril de Corto Circuito se inauguró la exposición “por aquí pasó el tren” en la Fundación Universitaria del Área Andina. Un trabajo colectivo resultado de varios proyectos que se realizan en la vereda San Isidro del Corregimiento de Puerto Caldas.

Otros Proyectos

Busco una señalidea de re-significar el territorio a través de mensajes que construyan una pedagogía del buen vivir.

En sus ojos: niños de la comunidad plasman su mirada del mundo a través de la fotografía.

De puertas para adentro: documentación periodística, relatos personales y familiares.

Píntelas, que yo se las coloreo: realizado entre estudiantes del programa de Artes Visuales de la UTP, artistas convocados de fuera y dentro del país y la comunidad.

Habitantes, voluntarios y participantes de los proyectos asistieron a la exposición para encontrar en el centro de Pereira sus caras, sus viviendas, sus trabajos creativos y su propia mirada al lugar que habitan.

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