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«Lámina y pintura» para cubrir los golpes del alma

Por Nathalia Gómez Raigosa | Fotografías Cortesía Teatro El Paso

A través de las interminables anécdotas que se cruzan en un taller de mecánica, Teatro El Paso nos muestra los claroscuros del motor del progreso.

Una pared negra, siluetas de herramientas de todos los tamaños dibujadas en tiza blanca, más abajo, un letrero con mala ortografía nos advierte: “No se pesta la herramienta”, al lado se informa: “Baño a $700”. Afiches del periódico Q´Hubo de mujeres voluptuosas en vestido de baño tapizan los muros,  ponen nerviosos hasta al cuadro Sagrado Corazón de Jesús y al poster del Papa Francisco que parecen vigilarlas con los ojos bien abiertos. Se escuchan los pasos de una dama y los silbidos del cortejo primitivo más creativo y grotesco de la naturaleza, no se hace esperar:

–Mami, ¡eso es mucho barranco para este  gusanito!
–¿Quién fuera mariachi para tocarle la cucaracha?
–Lengua de camello para ese culo bello, mi amor.

En una esquina, una mesa atiborrada de botellas de Poker y Costeña revela el rigor de la jornada, el trajín del dulce abrigo que un día fue rojo, la nostalgia de un tango enredado en la guitarra desafinada de Jairo, el cantante destemplado de pantalones ahorcadores. La taberna de la esquina, el bus urbano, la novena a las ánimas, el velorio de barrio, Maluma, Gardel, Oscar de la Roca, la gorra del Deportivo Pereira y la camiseta del Once Caldas.

Es la estampa barroca del más tradicional taller de mecánica colombiano, un cuadro de costumbres del latinoamericano promedio, que parece un estereotipo, pero es más bien la historia de vida de hombres reales. Un homenaje catártico que César Castaño, su director, hizo para honrar el mundo en el que nació pero al que nunca sintió pertenecer y sin embargo convirtió en poesía.

‘Lámina y Pintura’ es también la ironía nacional de los seres ordinarios que llevan a cuesta el peso del capitalismo, de los que llegaron tarde a la repartición de las oportunidades y nos les quedó otra alternativa que conformarse con esa vida de perros. “Usted que creyó mijo, si yo tengo maestría en oficios de bajo nivel”, se le escucha decir a uno de los latoneros, con la picardía que le permite resistir las miserias del racionalismo instrumental, que convierte cada existencia en engranaje de su máquina macabra.

Ellos, a los que Borges envidiaba porque su ingenuidad les permitía ser felices: los don nadie, mantecos, pelagatos, chichipatos, muertos de hambre, cagatinta, poca cosa, la guisería, los descamisados, las grasitas, la mano de obra barata, el eslabón más débil de la cadena de corrupción, el que se fue de migrante a un trabajo inhumano, la otra cara progreso, lo que oculta esta sociedad fachada con su lámina y pintura.

Al final la obra nos advierte que eso somos, parte del vulgo, la masa, lo popular, quizás por eso sus imágenes esperpénticas y deformadas son para nosotros las más cercanas, parecidas a lo que vivimos cada día. No nos asustan, nos hacen reír y a veces hasta destornillarnos a carcajadas, pues solo en el juego de espejos de la feria podemos vernos desde todos los ángulos.

Obra: Lámina y Pintura
Director: César Castaño
Grupo: Teatro El Paso

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