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Amor a la pereirana

Por Alberto Antonio Verón Ospina

Las historias de amor se parecen, tienen los mismos ingredientes. Ella se cansa de él, o él simplemente emigra a otros brazos sin pedir permiso. Ella descubre mensajes sentimentales que no le fueron dirigidos y por lo tanto considera que entre los dos, todo está concluido. A cierta edad se piensa que es muy tarde para el amor; se mira con envidia las parejas que aparecen besándose en Facebook o que exhiben su triunfo, su persistencia, su resistencia por las calles de algún centro comercial de moda.

Todas las historias de amor se parecen, solo que unas tienen un ingrediente mayor de tiempo. Las hay cortas de vida como una mariposa, o con vocación de antiguas y prolongadas como una tortuga. Las hay tan intensas que se resuelven en medio de la noche, estrellados los cuerpos contra un precipicio, reventada la piel por las cachetadas y los golpes, o poblado el espacio de reclamos en un juzgado de familia. Pero hay también historias de amor  dulces, que se dejan ir con los días, con los meses, con los años, hasta hacerse gránulos y arrugas, hasta secarse  y morir los cuerpos por el ritmo natural de la vida, las manos tomadas en alguna anónima y gris sala de cuidados intensivos.  Esas últimas son cada día más escasas.

En un mundo de aspiraciones individuales el “amor a la carta” o “el amor por uno mismo” suelen ser las elecciones de la gente que termina hastiada de su pareja, o que no soporta por mucho tiempo la “intensidad” del otro, o que quiere experimentar y probar, y comparar opciones como en el centro comercial. Ensayo- error-ensayo, es la fórmula  que tenemos en este tiempo donde el dolor prolongado se aspira a solucionar con un sedante y donde tenemos en la internet el reemplazo virtual a una cama fría , un comedor de un solo puesto, una vivienda unipersonal. Si las cosas son así, queda “el amor a la pereirana”, expresión que puede entenderse de varias maneras: declaración sentimental a la mujer que habita esta ciudad, descripción simple de la manera que tenemos de vivir el mundo de los afectos en una ciudad: amor del instante. Al fin y al cabo “el amor” y el “suicidio” son de las últimas ilusiones de libertad que nos restan en una civilización donde todo parece sometido y domesticado por el cálculo económico.

Por eso, bienvenido el amor a la pereirana como una manera de resistencia, como una trinchera a lo que parece fríamente calculado.

 

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